Archive for 27 abril 2009

La Bombonera

27 abril 2009

“La vida es una caja de bombones”, decía uno sentado en un banco, otro decía “el fútbol no es una cuestión de vida o muerte…es mucho más que eso” Yo he vivido las dos frases a la vez, “la caja de bombones es mucho más que una cuestión de vida o muerte”.

Lo había visto por la tele, lo había visto en los periódicos, en documentales, en la radio, y también había escuchado los cánticos mil veces…pero como vivirlos no hay nada.  No encontraba el momento de escribir esto y de que se me vuelvan a poner los pelos de punta al recordarlo. Quería contaros el por qué, a pesar de mi instinto racional, he llegado a entender el colapso de una ciudad entera por causa del fútbol. Tardé en articular palabra 45minutos después de entrar de la emoción contenida así que los que conocéis y sufrís mi incontinencia verbal os podéis hacer una idea de la inmensidad emocional.  Cuando estás en la bombonera los pelos se te ponen de punta, sientes que la gente está allí viviéndolo y desviviéndose, y no me refiero a estar sentados con un puro viendo el fútbol y llamando maricona a Guti o borracho a Tristán.  Aquí si insultas a un jugador de Boca, te cortan la cabeza, rápido y simple, “o venís a alentar” o no “venís”. Y si vas a alentar, vas a alentar desde que entras, hasta que sales, independientemente de lo que dure el partido, los “ultras somos todos” cada cual está más loco, cada cual grita más, salta más, da más, suda más, se desvive más, trepa más por la reja y se le pone más sangre en los ojos. Cuando sale Boca a la cancha, no importa nada, no importa que tu mujer no te quiera, no importa que seas pobre o rico, ni que llueva, ni que haga Sol, ni que tengas hambre o que te estés muriendo, ni siquiera importa que tengas “laburo” al día siguiente o que tu jefe te grite, ni lo que tengas que hacer, que te escapes de casa, que hayas colgado un examen por llegar a la cancha.  Cuando Boca sale al césped no hay papeles ni roles, todos somos el jugador número 12, eso es un infierno para el equipo visitante y para el árbitro, un infierno, un infierno de 49.000 personas legales, pero que llegamos a ser 60.000, cuando Boca sale, la bombonera vibra, tiembla el suelo, literalmente, se mueve el estadio. Pero esto no importa, ni seguridad ni nada, son cosas secundarias y digo secundarias porque lo he vivido y sé que a la mayoría de ellos les dices que hay peligro de que el estadio se caiga, e irían igual, a nadie le importa morir allí. No es la capacidad lo que impresiona, en ese estadio en sí, las almas salen por las bocas gritando, es un infierno lo inclinado que es, es la bombonera, parece una caja, estás encima del campo, es intimidatorio. Es tal la emoción acumulada y vivida que he tardado días en volver a dormir normal si me acordaba de esto antes de meterme en cama, no exagero, es superior.

El partido era en cuestión el último de la primera fase de la Copa Libertadores, obvio que jugábamos en casa. Necesitábamos meterle 4-0 a Maracaibo para no depende del otro partido. Yo creo que nadie, nadie, nadie de ese estadio, dudó en que se conseguiría, ha sido como vivir un Coruña-Milan (si bla bla bla bla…ese día) pero en la Bombonera y sin aficionados al Coruña que van a Riazor a ver al Milan, así que imagínense, al final se consiguió la clasificación y lo que allí explotó no se puede contar con palabras, os cuelgo la foto, porque después de mil años intentando subir el video a algún soporte me ha sido imposible.

PD: Vivencias de hace un año…intercambio en Buenos Aires

Bombonera

Pertenencia/impregnación

23 abril 2009

Es increíble ver y sentir como, desde que somos pequeños, nos sentimos identificados por ciertas cosas sin ningún criterio aparente. Colores, equipos, frutas favoritas, artistas, políticos, deportistas, marcas… E incluso ciudades o países que queremos visitar y todavía no sabemos por qué. No hay un motivo real, lógico y fuerte que nos llama demasiado con el fin de viajar allí, simplemente queremos ir y estar, pero ¿cuál es la razón que subyace? ¿Por qué sentimos odio o simpatía infundada? ¿Quizás porque desde pequeño nos gusta la bandera? ¿Fiesta típica? ¿El gentilicio o la historia pasada del lugar? ¿Algún producto suyo? ¿Algún líder con el que nos sentimos identificados? ¿Pasar una noche de fiesta? O alguna ciudad en especial en la que crees que te lo vas a pasar genial, algún monumento que te gustaría ver, playa en la que te quieres bañar, calle en la que quieres estar, parque en el que quieres pasear, ambiente que quieres respirar, noche que quieres vivir o paisaje que ansías disfrutar.

A veces vas a otros sitios que te sorprenden gratamente, pero siempre sigues deseando ir allí, a ese lugar real que tenemos todos, una ciudad, un pueblo por el que nos creemos predestinados. A veces conseguir el premio es desolador, decepcionante, amargo, decepcionantemente amargo, amargamente decepcionante, deprimente y hasta desesperante. Otras veces pasa sin más y en otras ocasiones acabas enamorado por algo que latía dentro de ti y que sólo tú podías explicar, esa razón subyacente que termina por decirte que sabías la verdad desde un principio, que estaba en ti y que de algún otro modo pertenecías a ese sitio, lo sabías desde hacía mucho tiempo y lo has descubierto. Lo has vivido, lo has conseguido, y eso no te va a abandonar jamás, victoria, derrota o empate. Lo llevas dentro.

Por eso mi cerebro me dice que muchas veces somos lo que vivimos, somos lo que comemos, somos mucho de donde venimos pero también somos un poco a donde fuimos. Es el motivo de que posteriormente, cuando escuchemos una noticia o algún hecho en ese lugar, ponemos la antena y automáticamente nos vienen vivencias y recuerdos: queridos o amargos. Estuvimos allí, de ese momento, de como estábamos, de lo que sentíamos. Por eso, esos lugares, también serán siempre nuestros.

Svetlana Khorkina

17 abril 2009

Hay deportistas que tienen un tacto diferente, una manera sobrenatural de sentir y ejecutar cada movimiento. Es asombroso como cierta gente parece tocada directamente por alguien superior para meter canastas, golpes, goles, tantos, puntos, pelotas, o para hacer algunos ejercicios. No sólo la profesionalidad, si no también la clase. Mientras otros empujan, ellos fluyen. Son esas personas que en lugar de participar de chándal, mallas o pantalones cortos, deberían de hacerlo en esmoquin.

Podría hacerlo otra vez sin ningún esfuerzo, levantarme a la hora que sea para ver su pelo perfectamente enlacado, su cara de concentración con esa mirada fría, esa piel blanca, y esa sensación de tenerlo todo bajo control.

Mientras yo me saco las legañas de los ojos, ella se esparce la harina por las manos. Podría ser 1996, el 2000 o incluso el 2004, pero nunca llegué a cansarme de verla competir en las olimpiadas, en cualquier aparato. Svetlana Khorkina era el Zar, o la reina de las paralelas, como la llamaban. Cada vez que salía el pabellón enmudecía observándola. La multitud se preguntaba como una chica tan alta podía hacer esas cosas sobre una barra de diez centímetros, parecía la madre del resto de participantes que no llegaban al metro y medio. Ninguna gimnasta ha lucido como ella y ninguna tiene tantos elementos reconocidos. Ahí estaba yo, sin ser ningún apasionado de este deporte gozaba viéndola a ella. De pronto, la gimnasia era más interesante que cualquier otra cosa que pasase en el mundo, durante esos 40 segundos por aparato yo también era ruso. Cuando el resto aparecían sólo pensaba en que se cayesen y en volver a verla a ella, las comparaciones eran odiosas, parecían pequeños juguetes mecanizados y brutalmente entrenados. Seguramente ella también lo fuese, pero su porte y sentimiento me decían equivocadamente que ella era su propia entrenadora.

Ahí aprendí que era mayor para ciertos deportes, aprendí que ir a una olimpiada y hacer todas esas cosas son muchas horas de entrenamiento y soledad. Aprendí que mucha gente tiene que renunciar a su infancia y juventud por hacer esas piruetas y conseguir esos logros. Y por eso la adoraba aún más.

14 de marzo

7 abril 2009

Había sobrevivido. Eran las 13:27 del catorce de marzo y tenía oficialmente cuarenta y un años. Había pasado lo que sus padres le habían enseñado que sería el ecuador de su vida y se encontraba solo, en la cocina de su piso individual soplando dos velas rojas que había comprado en el todo a cien: un cuatro y un uno, colocadas en un pastel que también se comería el solo.

Ese día decidió hacer algo diferente, al fin y al cabo toda su vida había transcurrido de una manera plana y mecánica desde los veintitrés años. Ni un sobresalto. Ni una emoción y casi sin saberlo ni el mismo, ni una sonrisa verdadera, ni un abrazo. Se calzó sus pantalones de pana verde oliva, la chaqueta de punto color burdeos, se abrochó los botones, se calzó esos zapatos negros que habían sido de su padre, cogió las llaves del coche y salió del garaje. Siempre había querido vivir en la playa y las pocas veces que había pensado sobre las cosas que habían influido en el transcurso de su vida, tenía la seguridad de que lo único que podría haber cambiado su soledad actual era haber tenido valor para contradecir lo que pensaban en su casa y haberse ido a vivir a la playa. Mientras conducía, apartó del salpicadero antiguos papeles ya amarillos, reconoció sus anotaciones rápidas y algún dibujo que ahora no servían para nada, pero recordó el gran alivió que significó que estuvieran ahí en su momento.

Entró en la playa con los calcetines y los zapatos en la mano, se sentó vestido pero descalzo. Empezó a escribir sobre la arena mojada, mirando al mar, mientras las ínfimas piedras del suelo húmedo se pegaban a sus pantalones. Paseaban algunos señores y algunas familias con perros a lo lejos. Casi nadie quería ir a la playa en marzo. Mientras dibujaba se acordaba de lo que le gustaba la playa cuando era niño, de lo bien que se lo pasaba haciendo castillos en la arena mientras los otros buceaban y de lo tarde que aprendió a nadar por el miedo que le daba el agua. Cuando empezó a llover, la playa se quedó vacía y al poco tiempo decidió marcharse. Llegó a la orilla y casi sin limpiarse se calzó y subió a su coche, la lluvia se iba haciendo más intensa a medida que se alejaba de la playa y él todavía sentía sus pies ásperos por la arena, esa sucia sensación. Mientras conducía se quedó pensando mirando de manera hipnótica como las gotas caían contra el cristal de su coche, y como los limpiaparabrisas cumplían con su función de manera mecánica; era lo único que alteraba la visión de de la línea continua que iba por su izquierda, metro tras metro, plana y mecánica.

Cuando vio el camión era demasiado tarde para esquivarlo y volver a la carretera. Murió contra el poste de hormigón que había a su derecha, eran las 19:37 del catorce de marzo.

3 abril 2009

La rubia se desabrochó el vestido, se quitó los tacones y se pasó la mano con los pelos todavía amarillos por los últimos rallos de verano, para librarse de una vez por todas del carmín de sus labios. Abrió la puerta del coche, y se bajó…

¡¿Se puede saber que demonios estás haciendo?!¡¿Te crees que me puedes hacer algo así a mí?! Mira niña, que sea la última vez que me haces venir para esto, porque tengo familia, hijos, y muchas otras cosas que hacer en un día como este lugar de estar aquí perdiendo el tiempo contigo. Deberías de saber que no eres la primera que se quiso venir de importante a enseñarme cosas, con sus coqueterías, sus vuelos de fin de semana y su cabeza en Marte. No sé en que coño estabas pensando cuando hiciste eso, pero cada vez que estás conmigo, cada vez que te hablo, cada minuto que pasas a mi lado, cada orden que te doy, deberías de estar eternamente agradecida, y no perdiendo el tiempo con tus estúpidas faltas de concentración, con ideales pasajeros y otras mierdas. Eres muy importante para mí, para todo lo que esto significa. Mira todo lo que te he ofrecido y mira como me lo pagas tú. ¿Acaso esto no es lo mejor que te ha pasado? Cojones. ¿No crees que me merezca algo más que esta mierda que me estás brindando? Sé que me puedes dar algo mejor. Sé que no lo estás haciendo al cien por cien, y eso es lo que intento sacar de ti. Tienes que darme más, tienes que dármelo todo, incluso cuando creas que no puedes más, sigue pensando en mí. Mira. Esto sólo tiene una manera de hacerse bien, y esa manera es la mía, por esto me pagan, por eso soy yo el puto director de esta película. Así que pasa por maquillaje de nuevo, tómate algo, y a rodar en media hora.

Mirando para otro lado, entre bastidores, grúas, cables y cámaras, mandó al equipo a tomarse una cerveza al bar la calle de abajo.